miércoles, 6 de octubre de 2010

El viento.

Estaba el señor viento en un lugar de no se donde, dando vueltas, tan tranquilo y apacible, y una familia fue a ese lugar, conocieron al viento y se hicieron colegas. La familia hizo una casa con ventanas, y de vez en cuando le hacía una visita. Cuando hacía calor, el viento era llamado con insistencia, "nos estamos abrasando", y él entraba y los ayudaba como podía.
Vinieron más familias, e hicieron lo mismo. Vinieron muchas más, y lo mismo ocurrió.
Pero un día, las familias inventaron las ventanas, y ahora el viento no tenía la libertad que antes tenía para visitar a todos los colegas. Bueno, dijo el viento, son tantos mis colegas que no importa, estaré un rato con cada uno, y listo. Y claro, también cuando lo necesiten.
Y cuando las familias lo llamaban, allí acudía.
Pero un día, inventaron el aire acondicionado. Ya nadie quería al viento en su casa. Cuando iban por la calle se tapaban. Cuando iban en los coches se cubrían. Cuando tenían calor, le daban al botón. Y el viento estaba solo. Se sentaba en medio de la plaza, o entre las calles, o a la orilla del agua, y contemplaba el baile que las bolsas de plástico realizaban a su alrededor, y así recordaba la felicidad de entonces, observándolas simplemente, como si fueran un milagro de la naturaleza. Pero la gente se sintió molesta por eso. Se olvidaron de que el viento sentía, de que podían hablar con él, y de que él podía escucharles, por lo que todos los insultos le llegaban sin problema alguno.
El viento primero se sintió triste, y pensó que debería marcharse de allí. Pero luego se enfadó. Y se enfadó tanto, que destruyó el pueblo, y mató a todas las familias.
El viento estaba solo, sí.
Pero estaba contento.

domingo, 3 de octubre de 2010

Sentado en la baldosa, viendo el tiempo pasar...

Los niños saltan, se tropiezan, se caen, y se levanta con una soltura natural. El generoso regalo que le tiende la madre sobre su trasero no tiene parangón, nadie jamás podrá superarla. Se cruza el del monopatín y casi, solo casi, se estampa contra el gordinflón ebrio cuya silla se había alejado de la mesa, y observa a lo lejos su muralla, y la de los demás. Un muchacho sale de comprar tabaco. El mismo muchacho atrapa la mano de la chica que se deja atrapar, y se van alejando tan lentamente, que incluso duele. No huele el humo del primer cigarro, pero algo se está quemando. La campana de la iglesia se dedica a enervar eternamente a los no seguidores.
Y de mientras, sigues viviendo cada segundo. Miras el reloj, pero no viajarás jamás al futuro. La manecilla se mueve, y tú, inevitablemente, te mueves con ella.
Suspiras,
puf...
Parece que el futuro nunca llega.